Manifiesto de Rogelio Manzo Hurtado

El arte opera en la fisura entre lo orgánico y lo fabricado.

Mis materiales no son arbitrarios: el vidrio alude a la fractura y la transparencia; las gemas, a la permanencia mineral frente a lo vulnerable; los bordados, a la reparación que no borra la herida, sino que la documenta. Los fluidos —pigmentos líquidos, resinas que fluyen— recuerdan que el cuerpo no es una forma estática sino un sistema de intercambios, igual que un ecosistema, igual que una célula.

La biología me interesa como principio: todo está conectado, toda herida afecta al conjunto, me recuerda que la cicatriz es un proceso, no un estado. La física cuántica, que el observador modifica lo observado. La astronomía, que nuestra fragilidad es cósmica y nuestra permanencia, un instante.

Trabajo con cuerpos fragmentados porque la integridad es una ficción. También trabajo con constelaciones, con patrones de crecimiento, con la geometría de lo mínimo. El tejido fractal que recorre mis composiciones no es un ornamento: aparece en las ramas de un árbol, en la red neuronal, en la distribución de galaxias. Lo microscópico y lo infinito obedecen a la misma lógica.

Lo que culturalmente se descarta como superfluo —el brillo, el ornamento, lo decorativo— puede ser tan fundamental como el hueso. Incrustar no es adornar: es preguntar si lo superficial puede volverse carne. No hay un "interior verdadero" debajo de la apariencia. La superficie también duele.

No aspiro a lo sublime. Aspiro a la tensión precisa entre lo bello y lo herido, lo perpetuo y lo efímero. El arte no resuelve contradicciones. Las vuelve visibles —líquidas, bordadas, fractales, siempre en proceso.